Vidrieria

Vidriera.

En 1889 Camilo Ávalos Razo, después de un primer intento en Puebla, instala una pequeña fábrica en las inmediaciones del barrio comercial por excelencia de la capital mexicana: La Merced. En la calle de Carretones erige el que será, con los años, el más prestigioso surtidor de vidrio soplado en México. Don Camilo fue el primer vidriero de origen netamente mexicano. Sus descendientes continuaron con la tradición y la expandieron por rumbos diversos. Uno de sus hijos se trasladó a Guadalajara, donde las destilerías de tequila demandaban envases para su producto, y Ávalos se encargó de proporcionárselos. Con los años, las necesidades industriales, resueltas de manera mecánica, dejaron libre el camino para que en la fábrica de Carretones de la familia Ávalos se explorara la producción artesanal. La artesanía encontró un desarrollo que, aunque más modesto, ha mantenido una continuidad que perpetúa hasta nuestros días las ancestrales técnicas de fabricación con vidrio soplado. Los Ávalos introdujeron nuevos diseños y la excelencia de su trabajo llegó, incluso, a las salas de exposición del Museo del Palacio de Bellas Artes, donde en los años sesenta se dio cabida a las tinajas, vitroleros, copas y floreros salidos de las manos de expertos que, al igual que los antiguos egipcios, extraen del horno el vidrio que se transformará en objetos que aúnan sentido práctico y belleza.
Hoy en día la fábrica de Carretones conserva la pureza de una sólida tradición. Cuatro ventanales, con sus vitrales de estilo art nouveau, reciben al visitante en el edificio del siglo XIX que alberga una treintena de obreros y a una población de palomas que desciende sobre las jacarandas del patio central como una oleada viva.
Cada uno de los objetos que proliferan en los anaqueles: esferas, copas de formas y nombres extravagantes, platones y candelabros, jarras, vasos y ceniceros, se hace de acuerdo con el mismo proceso. El equipo de trabajo está formado por un número aproximado de ocho hombres: el bebentero, el soplador, el apuntilador, el piecero, el molicero, el caldeador, el pasador y el maestro. De uno a otro pasa el vidrio viscoso que cobra forma y se solidifica en cada paso del procedimiento. El horno contiene varios crisoles alimentados por un fogonero, que deposita en su interior de barro la pedacería de vidrio; cada receptáculo contiene la sustancia específica que le brindará su coloración a la pieza terminada, pero en el interior del fogón, todo refulge con un matiz blanco que parece tener encerrado al Sol. El trabajo culmina en manos del maestro acabador, quien imprimirá su forma definitiva al producto.

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